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14 de marzo de 2010

¿A qué esperas para cambiar?

Por qué esperar a que las cosas sucedan, cambien, ...

Por qué echar la culpa a los otros, a la coyuntura, a la crisis, a los inmigrantes, al gobierno, a la oposición, a las minorías, al vecino, a mi jefe, al sector, a los sindicatos, (al de la ceja también), a la mala suerte, a los bancos (y cajas), a la pareja, a los compañeros (y compañeras), ... en definitiva hay que echarle la culpa a quien sea.

Pero, ¿y qué hago yo?
En principio lo dicho anteriormente, quejarme. A continuación, no hacer nada porque estoy en blanco. Es decir, no sé pensar. Entiendo que es difícil.

La queja se ha instalado en nosotros de manera perenne. Es una muy buena forma de vivir esta situación. Me quejo y así voy capeando el temporal. Surge una iniciativa (interesante o no) y lo que hacemos es quejarnos de ella, criticarla por criticar.

Otro detalle, a una propuesta siempre se responde con una objeción del tipo .... "esto no se puede aplicar aquí" o "esto no se puede aplicar aquí" (¿me repito?) o "esto puede servir en otras empresas, pero aquí, me temo que no." Y se suele decir acompañando esta afirmación con cara de solemnidad.

En fin, esto me ha servido para quejarme de los que se quejan continuamente.

Queja, Objeción, Reclamación, Observación, Comentario, ... muy bien, pero ¿para cuando actuar? y lo más difícil, no sabemos rebatirlas sino todo lo contrario, callamos y (en vez de pensar) nos adherimos a la queja. Debe reconfortarnos pero ¿para cuando actuar? Lo sigo repitiendo.

Un encuentro, una solución