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17 de diciembre de 2011

Recetas, Recetas, ...



Recetas, recetas, recetas, quiero recetas para aplicar en mi empresa. Mi reino por unas buenas recetas. La cuestión no es reflexionar sino actuar y para actuar me tienen que proporcionar recursos; es decir, recetas. Malos tiempos entonces para la reflexión.

Nos escudamos en el tiempo, en la rapidez/prontitud (que no agilidad) para reclamar las recetas. Pero, disculpadme, qué son las recetas, ¿a qué nos estamos refiriendo?

En mi caso a la formación. La "gente" quiere que se lo des mascadito (sobretodo para no tener que pensar por sí solos) las diferentes soluciones. No me gusta.

Prefiero que mis acciones de formación provoquen la reflexión (y la crítica también) y que construyamos  cosas en común. 

Por ejemplo, en las acciones formativas dirigidas a presentar, reforzar habilidades comerciales seamos capaces de -por ejemplo- definir un argumentario de ventas simple pero aplicable al dia siguiente.

Que en temas de productividad personal, podamos establecer un criterio de prioridades interna y acordemos qué aplicaciones podamos utilizar de manera común y en colaboración.

O por ejemplo que cuando hablemos de cómo dirigir a las personas acordemos cual deben ser nuestros estilos de dirección y comunicación preferenciales.

No quiero recetas; es decir, no quiero pautas que tenga que aplicar por que posiblemente no me las crea y por supuesto me sea difícil aplicar a mi realidad cotidiana. Sé que la receta da una sensación de seguridad y que refuerza mi círculo de comfort pero me mantiene en esa comodidad y por lo tanto no aprendo. 

Prefiero trabajar -cuando estoy formando- en un entorno relativamente incierto e incómodo que fomente la discusión y se generen nuevas formas de hacer; nuevas "recetas" que fácilmente pueda deshacer para hacer otras de nuevo.

En esas estamos. Prueba, ensaya, equivócate, muévete pero no me pidas que te de recetas, sólo te daré preguntas, preguntas inteligentes.



Un encuentro, una solución